miércoles, 11 de agosto de 2010

Cherezade en la autopista


Muchas veces, durante estos dos últimos años, me he preguntado por qué me quedé sin palabras. No muda, sino sin voz.
Las ideas se repetían y eran huecas. Llegó a ganarme la convicción de que la escritura no era mi oficio, y, sin embargo, la nostalgia de las cosas no dichas me estrujaba algún órgano inexistente. Hasta que volvió mi voz.
Dejar de escribir fue tan misterioso como volver a escribir. Este año volvieron las palabras, sólo que más cansadas. Un hilo delgado que todavía tiento con miedo de que se rompa.
Comencé a hablar con gente desconocida. Contaba cuentos en los foros, especialmente los de juegos en línea. Creaba personajes y los demás me seguían el hilo. A veces ocurría que alguien me pedía que le contara una historia. Así lo hacía.

Yo, Nicomedes, esclavo y escriba, seré la forma de la voz de la Reina Celia. Una ceguera más oscura que los abismos del mar se cierna sobre mis ojos si agrego o quito palabra alguna de su voluntad. La Reina Celia ha dicho:

Salve, Alegor, Rey.

He escuchado tu ruego y respondo lo que preguntas:

Con hermosura tu lengua ha modelado las palabras y con honor has formulado tus preguntas. Verás, Rey:
Tu nombre es igual al de un árbol que en la patria de mi padre, Caliópolis Minor, produce flores de fuego. Las muchachas las usan para trenzar coronas en las festividades del vino. Yo misma, mucho antes de que los deberes abrumaran mi frente, tejía hermosas coronas para adornarme en los bailes. Fue hace tiempo, Rey, pero recuerdo: las noches eran perfumadas y la vida era tan ligera como la zapatilla sagrada de Alelis. He oído tus palabras enojadas y mi mente se ha volado lejos, Rey.
¡Fueron tiempos hermosos y aciagos aquellos! Los había apartado de mi memoria pues la añoranza me hace sufrir. Un día ―era muy joven― viajamos desde Caliópolis Maior, donde nací, hasta la casa de mi padre, pues ya debía cumplir con mi deber y casarme con el Rey Moroi, a quien me habían prometido. Me adorné, Rey, con mi corona; me perfumé, Rey, y mis doncellas me ungieron con aceites perfumados de Caliópolis Maior. Entonces la guerra fue y fue la desgracia de mi Casa y fui rebajada en mi valor como consorte y la muerte enterró sus patas en mi casa y fui la Reina Celia, que hoy conoces y pone su frente en tus manos.
¿Preguntas, Rey, por qué establecí colonia tan lejos?
La muerte no siempre aniquila. Celia es ahora un espíritu libre y quiso conocer otros horizontes y otras gentes; tener aventuras. Ya ves que lo que Celia tiene de libre también lo tiene de idiota: no es buena estratega. Es lo que algunos sabios de Acadia llaman una mujer apenas a quien que le tocó ser Reina.
Y ante tu generoso ofrecimiento dice: que diez mil flores perlen tus campos, que tu ganado alumbre gemelos, que tus esclavas y concubinas sean fértiles.
Pero también dice: que ningún rey bárbaro la obligará a contraer nupcias. Ninguno la correrá de sus tierras. Ofreces bodas, Rey, ofreces tratos, ofreces guerra. El buen vino de Baco no hubiera puesto en tu boca más fuego. En Caliópolis Minor teníamos un dicho: “El asno como asno será tratado y con astucia será aplacado”.
No soy valiente hasta la estupidez, Rey Alegor. Sé que eres enemigo poderoso. Pero, ¿quién pone el garrote delante de las palabras? Seguramente quien no conoce la gracia. Amenazas mi ciudad por migajas que no sabes que poseo. ¿Qué sabes de las desdichas de mis tierras, más allá de su ropaje?
Apuesto a la paz; pero sea lo que quieras.
La Reina Celia te saluda.
¡Abre tu corazón, Alegor, que tus palabras vuelen como las flechas del destino!

Lector, si todavía andas por ahí, de esa manera es que mi voz ha regresado. Torpemente. Y nunca sabré por qué ha escogido regresar por este cuento.